EN MANOS DE LO EFÍMERO



Abanicos de puntillas 


La única imagen que quedará bailando delante de nosotros será un abanico abierto de par en par como la cola de un pavo real, como el símbolo de la prosperidad y del triunfo, otro bulo más del sistema, porque, analizando los resultados, la verdad es que, después de treinta y tantos años dando el cayo en la “city”, todavía seguimos siendo anónimos, tenemos un trabajo "en diferido", el jornal no nos da para comprarnos una zahúrda que haga de piso, andamos a la cuarta pregunta y, cada dos por tres, ya nos están mandando otra vez a Babilonia, con lo que nos costó bajarnos del zigurat y abandonar la Torre de Babel.
El consumismo sin control entra en las tiendas de moda como un carro de combate donde la gente va a comprar ropa que se hace con agua y sustancias químicas, incluso herbicidas y pesticidas. No importa el color de la destrucción; importa el color del dinero. En algunos países, el color de las aguas de sus ríos es el de la ropa que se consume en el primer mundo. Todo un juego de apariencias que se hace eco en las redes sociales y que nos va alejando de la realidad, mientras engullimos comida rápida y series de televisión.


Torre de Babel

“Hay que ir a la moda”, se dice, cuando la moda no es más que una jungla donde van de la mano el delirio y la inconsciencia, también lo cursi y todas sus variantes, que se cuelan por entre las costuras como se cuela el viento, que viene a ráfagas desde las montañas y hiela las manos, momento en el que éstas deciden tapar el rostro para que no se vean las vergüenzas. Las mismas manos que, además de tapar la cara o cubrir esa mirada perdida entre multitud de eslóganes con unas gafas de pasta, mañana depositarán el voto en una urna, siguiendo otro cartel. Y entonces, lo pasajero se convertirá en costumbre y los hábitos vestirán a los nuevos monjes, que serán ya muchos, sobre todo en las tendencias femeninas, que siempre van por delante, porque la mujer pone un pie más allá de la duda y rompe toda simbología.



Mujer caminando por las calles de la ciudad


Las calles son un trasiego de cuerpos. Más de ochenta y tres nacionalidades desfilan por avenidas, correderas, arterias, callejones, y costanillas…, en Lavapiés. Hombres y mujeres de todo el mundo, de todas las edades, de todos las razas… Viven en un parque temático, además de ser uno de los barrios más castizos de Madrid, ya que Lavapiés se ha convertido en un crisol de culturas, de lenguas, de reivindicaciones…, con las paredes repletas de grafitis donde se escucha el latido popular y de la gente humilde. En unos segundos, podemos pasar del barrio pobre al barrio cool: librerías, salas de teatro alternativo, galerías de arte…y, por supuesto, tapas, vinos y cervezas. Pasada la corrala del Sombrerete, en el número 13, me he encontrado de nuevo con Maité, una dominicana exuberante, que se derrite como el chocolate, rico de comer. Está orgullosa de su cuerpo y del color de su piel. Lleva ya años en la capital. Cuando nos visitó Filomena, con la inmensa nevada, parecía una gacela desfilando por las calles céntricas de Madrid. Ella nunca había visto nevar. Tras sus huellas, iban muchos cazadores furtivos, pero la mayoría resbalaban, sobre todo ante la duda. Sus pisadas sonaban en el silencio de una ciudad paralizada, sin tráfico, y su cuerpo destacaba sobre esa capa blanca, que lo tallaba y lo perfilaba a la luz del día como un homenaje a las formas, que siempre trajeron de cabeza a los escultores.
Andando la mañana, salió el sol por los alrededores del Palacio Real. Al rato, se detuvo, se giró y…, detrás de un árbol, salió un chico, que la había estado fotografiando, y ella se abrazó a él, a su blancura, que cubría con una cazadora marrón, más un gorro azul, color entre colores, y esa composición se congeló en la memoria de los transeúntes en aquella mañana tan fresca. Los cuerpos destilaban sensualidad y la raza se fundía en una imagen posmoderna, de nata y chocolate, y el gorro de Maité, rojo, coronaba aquella efigie como símbolo de la revolución iconoclasta de los nuevos tiempos. Metros más adelante, ambos parecían petrificados en la calle Bailén, poniendo la poesía a la puerta del Senado, a unos escasos metros de la puerta principal, cerrado a consecuencia de la nevada, aunque, cuando lo abren, casi nadie sabe decir para qué sirve ese edificio ni qué se hace allí dentro. Y allí, sobre la misma acera, cubierta por la nieve, el chico, con un simple bolígrafo, rojo también, le escribió a la dominicana en una de sus manos dos líneas, por aquello de que un poeta siempre lleva algún verso en el bolsillo. Y Maité, de inmediato, lo volvió a abrazar, pero ahora más fuerte, y lo besó. Me gustan esos artistas que hacen algo impecable dentro de la imperfección. Quizás un día tomen nota sus señorías. Luego echaron a andar sobre la nieve, abrazados, sujetándose el uno en el otro, otorgándose el equilibrio necesario para no tambalearse en la vida, donde la incomprensión los seguiría señalando. Prefiero estos recuerdos que la imagen del abanico, que es ilusoria, otra fruslería de este mundo tan impostor.
La mañana de Cuaresma viene fría y el chocolate caliente, en el que mojar las porras y los churros. Cuesta levantarse de la cama, que es donde se experimenta con el deseo, para ver por televisión las procesiones, que son ensayos sobre la eternidad. Antes se hacía un óleo sobre el tema. Ahora se desfila vestido de nazareno. Es el teatro de las formas, tan antiguas. La saeta se clava en el corazón y el vino calienta la garganta. La rama de olivo se mete en la manos de la plebe y la palmera en el puño del señorito, que es como la lanza del guerrero que se proyecta en el cielo y, de paso, con la mano libre saluda a un satélite en órbita que pasa junto a él en el que viaja Bezos con cuatro señoritas que han salido a dar una vuelta por el espacio. Pero allí no hay chocolate a la taza ni churros. Unos suben y otros bajan. En las alturas siempre están conspirando y en la tierra siempre están de obras. El caso es no aburrirse.





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